Las 7Rs de la economía circular
Unas décadas atrás había un anuncio en televisión de una popular marca de insecticidas, que intentaba demostrar cómo acababa con las cucarachas. El anuncio se hizo tan popular que es posible que muchos españoles recuerden rápidamente el eslogan: “Nacen, crecen, se reproducen, mueren y desaparecen”. Y, curiosamente, su ciclo de vida puede ayudar a comprender cómo se ha estado consumiendo hasta ahora. Los productos nacían, se usaban hasta que nos cansábamos de ellos o hasta que dejaban de funcionar (algo que, como señalan los defensores de la teoría de la obsolescencia programada, ocurre cada vez más rápido) y después directamente morían. Cuando los productos morían, desaparecían de nuestras vidas y nos olvidábamos de ellos.
Pero que los productos dejasen de ser útiles y de formar parte de nuestro día no implicaba que desapareciesen. En realidad, simplemente dejaban de estar a nuestra vista y pasaban a ocupar un espacio más en las amplias montañas de desechos que se creaban (y se siguen creando) año tras año. Nuestros hábitos de consumo tenían una huella, una además que a medida que pasaban los años y la sociedad de consumo se iba asentando y llegando a más y más capas de la población, se iba haciendo más grande.
Este formato de consumo y la elevada carga que supone para el entorno no es algo incuestionable y que no pueda ser cambiado por algo mejor. En realidad, puede ser sustituido por modelos mucho más eficientes de consumo y por ciclos de vida del producto que resulten mucho más sostenibles y mucho más respetuosos con el entorno. Es ahí donde surge la economía circular, en la que el ciclo de vida del producto se convierte no en una línea con final en cualquier planta de basuras sino más bien en un círculo en el que los productos siempre acaban encontrando una nueva existencia.

La economía circular está despertando el interés de los consumidores, de las empresas y de las autoridades públicas. De hecho, y por poner un ejemplo concreto, la Comisión Europea cuenta con un paquete de medidas específicas destinadas a las empresas y a los consumidores para potenciar este tipo de acciones y actividades. Las medidas, dotadas de ayudas por valor de miles de millones de euros, intentan potenciar este tipo de comportamientos en todos los ciclos de la vida del potencial producto. Entre los objetivos europeos están en el reciclar el 65% de toda la basura de los municipios europeos y el 75% del packaging en 2030, o el de lanzar incentivos económicos para que los fabricantes llenen el mercado con productos mucho más verdes.
La economía circular no implica además solo el reciclaje de nuestros desechos y el lanzamiento de productos más verdes, sino también un cambio de filosofía en lo que supone el acceder a las cosas y a los servicios. Lo que se busca no es el poseer cosas nuevas y el que cada uno tenga uno de cada sino más bien que cada uno emplee lo que necesite cuando llegue el momento y que los productos sean así mucho más "amortizados". Los nuevos servicios de car-sharing, que están emergiendo en las grandes ciudades y que permiten alquilar y compartir coches van en esa línea. Las cosas se usan así de forma constante y no hay un parque de productos esperando sin ser usados mientras seguimos comprando.

Cómo dar una nueva vida a los productos

Al final, se podría decir que la economía circular se estructura en torno a una filosofía basada en "7Rs", las de rediseñar, reducir, reutilizar, renovar, reparar, reciclar y recuperar los productos para darles nuevos usos o todos los usos posibles. Es, en cierto modo, lo que décadas atrás hacían nuestros abuelos, cuando empleaban siempre las mismas botellas para ir a la tienda a por ciertas bebidas o cuando reconvertían las cosas que ya no empleaban en otras, como hacen ahora los bares hipster cuando convierten botes de mermelada en vasos.
Aplicar el modelo a mayor escala, como hacen algunas ciudades pioneras, implica contar con todos los actores de la sociedad y ser capaces de ir más allá de las soluciones más obvias. En Peterborough, una ciudad británica que ya funciona como una auténtica ciudad circular, usan hasta los sacos en los que se llevan a las cafeterías el café para convertirlos en bolsos y bolsas. Todo aquello que no pueden emplear para nuevos usos lo destinan a generar electricidad en una planta de energía.
Las grandes multinacionales que intentan convertirse también en empresas circulares, como puede ser el caso de H&M, han comenzado con procesos de aprovechamiento. En el caso de las compañías del mundo de la moda, se centran en la recogida de ropa en sus establecimientos. Sus consumidores pueden dejar la ropa que ya no usan en sus tiendas y esta será reconvertida nuevamente en materia prima para hacer nuevas piezas de vestuario.
Todas estas medidas, como puede ser por ejemplo el reparar antes de tirar los electrodomésticos, acaban suponiendo un ahorro, lo que implica una mejora en las finanzas de quienes se están beneficiando de las estructuras de la economía circular, pero, sobre todo, tiene un impacto directo sobre su huella en el entorno. La economía circular ayuda a solucionar la elevada carga que nuestros modos de consumo imponen sobre el medio ambiente.
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